Karate para niños - Sensei José Sigaud

Un niño que ingresa al dojo debe hacer karate con orgullo, entender que se trata de una disciplina, no de un deporte o entretenimiento recreativo.
El estudiante debería sentir que lo que significa hacer karate tiene un valor diferente, dado por sus rituales, protocolos y virtudes a desarrollar, tanto físicas como espirituales.
Debo reconocer que, para nuestro estilo de vida, esos atributos son bastante ajenos y difíciles de llevar a la práctica. Educamos a nuestros hijos en la informalidad, y poco respeto les enseñamos a tener por virtudes como humildad y modestia. Desde esa postura, los chicos crecen en la noción de que nada debe incomodarlos y que todo debe serles facilitado. Sobre ese supuesto hacemos todo lo posible por evitarles el ineluctable choque con el sufrimiento que crecer implica. Así es como luego pretenden los padres que sus hijos no reciban demandas de rendimiento en las clases, lo cual se transfiere a todos los aspectos de sus vidas, modelando sus actitudes frente a cada circunstancia a la que deban enfrentarse.
Afortunadamente, existen quienes demuestran todo lo contrario y son el modelo a seguir.
¿Han visto a los niños japoneses practicando?
Son el ejemplo más definido de lo que digo.
En ninguno se ve timidez, sino todo lo contrario: se esfuerzan por mejorar, por demostrar sus capacidades y ser cada día mejores, no hay temor en su conducta. Hacen karate con el respeto que demanda, inculcado a través de exigencias de máxima que el instructor requiere y el alumno asume con naturalidad.
Es por ello que es deber de todo buen sensei exigir el cumplimiento de los estándares del arte.
En la actualidad se ha impuesto a nivel global una línea de pensamiento que fomenta la formación de personas frágiles, con poca o nula tolerancia al fracaso, que se frustran ante el mínimo roce con eventos que la realidad pondrá inevitablemente en el camino de todo aquel que quiera progresar. Dicha corriente ideológica que ve víctimas y debilidades por doquier contradice la esencia de karate, que es fortaleza, determinación, audacia, desafío, y que no promueve actitudes timoratas.
Por ello es una disciplina, y aunque a muchos hoy esa palabra les suene mal, eso es.
Si un niño no ingresa a las prácticas con esa noción, está recibiendo un mensaje sumamente negativo, la idea de que ir a las clases es un divertimento para compartir con amigos.
Que será un momento grato compartido, sí, en el que el estudiante aprenderá tanto técnicas de autodefensa como normas de conducta y protocolos de cortesía, algo muy poco usual en el mundo de hoy que no se enseña en ninguna escuela, y cada vez menos -es lamentable decirlo-, en los hogares, pero definitivamente no es un JUEGO, aunque se esfuercen por exponerlo así en la creencia de el niño lo aceptará con más agrado.
Karate no es complicado ni requiere de teorías sofisticadas para su comprensión.
Se trata de respeto, humildad, sencillez y aceptación de normas duras destinadas a formar personas fuertes, templadas, sin ambages ni rebusques intelectualoides que todo lo contaminan.
Un estudiante de karate posee un corazón puro, resistente, un espíritu dispuesto e inquebrantable, indistintamente de su edad.
Largas jornadas de preparar cuerpo, mente y espíritu despejan dudas existenciales, mejoran la vida y liberan de espejismos que el yo diseña para confundir.
El estudiante que practica con sacrificio aprende de él y perfecciona su carácter, sabe respetar porque es respetado y se abstiene de conductas violentas porque comprende que no precisa demostrar superioridad:
ha entendido que conseguir la excelencia en el dominio de las técnicas lo ha doblegado una y otra vez. Se ha vencido a si mismo incontables veces, lo que mantiene a raya a su ego.
Karate es simple, tanto que lleva toda una vida comprenderlo.
¿Suena demasiado para estos tiempos?
Pues que bien.
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1 comentario

Como siempre, acertadisimo su comentario Sensei Sigaud.

Carlos de la Rosa

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